En una isla, en una
oportunidad, vivían todos los sentimientos: La Alegría, la Tristeza y muchos
más, incluyendo el Amor. Un buen día, comenzaron a sentir extraños temblores y
rápidamente se dieron cuenta que la isla estaba por hundirse.
Avisaron a La
Solidaridad y fue con su barco a recogerlos a la costa, al avistarlo, todos los
sentimientos se apresuraron a subir a bordo. El Amor, como siempre amable e
ingenuo, ayudó a los demás a subir antes que él y cuando él intentó subir, intempestivamente
la nave arrancó, porque creían que todos habían abordado.


Así paso una barcaza,
donde iba la Tristeza y el Amor le clamó: -Tristeza ¿me dejas ir contigo?- Esta
le respondió en un tono melancólico: “¡Ay! Amor, estoy tan triste que prefiero
viajar sola”.
También paso la
Alegría en un peñero, pero ella estaba tan contenta y alborozada, que ni
siquiera escuchó al Amor gritar pidiendo auxilio.
El Amor pedía ayuda,
gritaba y nadie lo escuchaba… Comenzó a llorar, hasta que pasó “el Tiempo” y lo
salvó. A bordo el anciano lo consolaba con una voz meticulosa y a la vez
pausada; el Amor, algo atolondrado, le agradeció muy efusivamente antes de
bajar a tierra firme.
Cuando en el primer
barco, donde Solidaridad era el capitán, se dieron cuenta que el Amor no estaba (porque las
relaciones entre los tripulantes eran tirantes), se devolvió a buscarlo, pero era tarde, ya no
estaba… ¡¡¡El tiempo se lo había llevado!!!

El sabio caballero le
respondió: “Ese insigne anciano era el Tiempo, que inexorablemente pasa, a
veces más tarde que temprano, pero a todos auxilia; yo mismo, no sería lo que
soy sin su apoyo. A ti te socorrió porque sólo el Tiempo es el único capaz de
entender y ayudar a un gran Amor como tú”…
Autor
desconocido
(Editado
por mi)
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