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martes, 6 de mayo de 2014

Haz bien y no mires a quien




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HACER EL BIEN, SIN MIRAR A QUIEN


Hacer el bien, sin mirar a quien, es una breve y sencilla reflexión sobre la virtud desde el punto de vista humano y espiritual, en tres niveles básicos:

1) Cuando se ignora la virtud.

2) cuando la virtud se torna critica y pecaminosa.

3) cuando la virtud trasciende lo humano a fin de alcanzar lo divino.

En el primer nivel la persona enajenada por la ignorancia individual o colectiva ignorando la virtud, vive y promueve el vicio. El segundo nivel corresponde a la persona que lucha responsablemente para vencer el vicio hasta convertirlo en virtud, haciéndose así misma crítica sobre todos aquellos que viven en el vicio que fue superado. El tercer y último nivel, corresponde a aquellas personas que logran vencer el vicio, lo convierten en virtud y con ella trascienden a lo divino.
Ejemplo: supongamos en el primer nivel a una persona impuntual, que rutinariamente llega tarde, esta persona se queda en este nivel toda su vida llegando tarde promoviendo la impuntualidad. En segundo nivel la persona impuntual entiende su falta y se da a la tarea de vencer la impuntualidad haciéndose la persona más puntual de todos, pero también la más critica y observadora de los impuntuales, esta persona se convierte en juez y verdugo cruel de ellos. En el tercer nivel la persona impuntual logra la puntualidad y con ella la gracia para desarrollarse espiritualmente y alcanzar la santidad misma.
Entendiendo el significado de virtud
El catecismo de la Iglesia Católica la define como:
“Virtud es la disposición habitual y firme de hacer el bien. Permite a la persona realizar actos buenos, dando lo mejor de si mismo. La persona virtuosa tiende al bien con todos sus sentidos y poder espiritual, buscando lo bueno en acciones concretas.”
Durante el desarrollo de esta reflexión me referiré principalmente a la definición dada por el catecismo de la Iglesia Católica; “La disposición habitual y firme de hacer el bien” Dicho esto tenemos que la virtud es el hábito y firmeza para realizar el bien a lo largo de toda nuestra vida, desde la etapa de la niñez, adolescencia, edad madura y vejez. De otra manera virtud, es la condición para realizar el bien, o sea sin la virtud simplemente no podríamos hacer el bien.
La doctrina de nuestra Madre la Iglesia Católica, señala dos tipos de virtudes a fin de hacer el bien. Las virtudes humanas y las virtudes teologales. Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfección habitual del intelecto y de la voluntad que gobierna nuestras acciones, ordena nuestras pasiones y guía nuestra conducta de acuerdo a la razón y fe. Las hace fáciles, auto manejables y alegres al dirigir una vida moralmente buena. Una persona virtuosa es aquella que libremente practica el bien.
Las virtudes son adquiridas a través del esfuerzo humano. Son el fruto y semilla de actos moralmente buenos, dispone todos los poderes del ser humano para comulgar con el amor divino.
Son cuatro las virtudes llamadas humanas: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Las virtudes teologales son: Fe, Esperanza y Caridad.
Aplicación a la vida diaria
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Cuando San Francisco de Asís, se encontraba con sus hermanos los frailes en Rivo Torto, el silencio de la noche y el sueño de los frailes fue interrumpido súbitamente por un sollozo. Uno de los frailes gritaba: “me estoy muriendo, me estoy muriendo…” Al preguntar al hermano moribundo lo que pasaba, este replicó súbitamente” ¡me estoy muriendo de hambre! San Francisco, movido por sus virtudes y amor cristiano, invita a todos los frailes a cenar, de suerte que el grito de lamento lo convierte en fiesta. Y tal vez unas simples zanahorias crudas, pan y agua, pudiesen parecer a una deliciosa lasaña, pizza, spaghetti, vino espumante y helado de fresa.

Cuantos de nosotros incluyéndome yo mismo, nos parecemos a ese fraile que irrumpió el silencio y sueño de los demás, para quejarse desconsoladamente y gritar: ¡Esto no me gusta!, ¿Por qué me sucede esto o aquello? ¿Cuántos de nosotros en situación similar estuviesen ya fuese despidiendo al fraile por no tener la disciplina ascética para vivir la vida monástica, o simplemente haberle enviado a la cocina a comer algo para saciar su hambre, o incluso haberle azotado a manera de penitencia, etc.? San Francisco, conocedor de las virtudes sin titubear invita amorosa y alegremente a todos los frailes a comer. Tanto ama San Francisco a sus hermanos, que este evento bochornoso para el fraile lo convierte en alegría y fiesta. Este es el verdadero efecto de la virtud, “ la disposición habitual y firme de hacer el bien”
San Francisco y las virtudes
Es sólo la virtud, la que permite a la familia de hoy y de siempre, a obrar correctamente en situaciones similares a las de Rivo Torto. Es sólo la práctica de la virtud que auxilia primeramente a no ser como aquel fraile quejoso, a no ser la persona que vive lamentándose ni tampoco ser juez y verdugo de ellos. Esta anécdota ilustra la práctica de la virtud como carisma familiar. Sabemos bien lo fácil que es ir de un lado a otro, tan fácil es quejarse como enjuiciar y castigar despiadadamente a los demás. Como familia no debemos lamentarnos ni tampoco castigar, nuestro apostolado está en practicar la virtud a fin de predicar el evangelio haciendo el bien sin mirar a quien… todos los días de nuestra vida, muy especialmente hoy.

Aplicación a la vida diaria.

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¿He llorado alguna vez como el fraile de Rivo Torto?
¿Continúo llorando o juzgando a los demás?
¿Qué debo hacer o cambiar a fin de hacer el bien sin mirar a quien?


Conexión con las Sagradas Escrituras y Escritos Franciscanos. El amor a los enemigos

(Lc 6: 27 - 49) Escritos Franciscanos de San Francisco y Santa Clara de Asís, página 174.
Oración
Señor, enséñame a conocer y practicar la virtud a fin de hacer siempre el bien. No permitas que mis vicios aniquilen mis virtudes, con tu auxilio deseo aniquilar el vicio para que reine la virtud.
Amén.
© 2013 Dr. Gabriel Martinez, SFO.  Todos Derechos Reservados.
Foto principal por- NeoGaboX, Foto de San Francisco por-Ian W Scott, foto de joven por Florencia Cárcamo