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viernes, 6 de septiembre de 2013

La Silla Vacía

Como orar

Un sacerdote fue a visitar a un anciano que estaba gravemente enfermo. Al entrar en la habitación advirtió junto al abuelo una silla vacía. El presbítero, al acabar la conversación e intrigado por la presencia del mueble sin uso, no quiso marcharse sin preguntar al viejo si le hacía algún servicio.


El buen hombre le contestó con una débil sonrisa. -Pienso que en ella ha estado sentado Jesús y hablo con Él. Hace años me era difícil rezar. Hasta que un amigo me descubrió que la oración consiste en hablar con Jesús-.


-Así que ahora me imagino que es Jesús el que está sentado en la silla a mi lado. Le hablo, le escucho y pienso en lo que Él me dice. Desde entonces jamás se me ha hecho difícil orar-.

Unos días después, la hija del anciano comunicaba al clérigo la muerte de su padre con estas palabras: -Lo dejé solo un par de horas; al volver a su habitación, lo encontré muerto con la cabeza apoyada en la silla que tenía siempre al lado de su cama-.

Lo anterior nos enseña que orar es muy fácil, sí señor, ¡es sencillo orar! Orar no es tan arduo, pues no es difícil hablar con Jesús. No todo el mundo puede ser catedrático, no todo el mundo puede ser poeta o artista, no todo el mundo puede gobernar un país, pero todos, absolutamente todos y cada uno, podemos orar con la profundidad de los santos.


Además podemos orar en cualquier momento de nuestra vida: cuando somos pequeños, cuando somos adultos, cuando somos ancianos. Y en cualquier lugar: en el templo, en nuestra casa, en el autobús, en el trabajo...



Sin embargo el anciano de la parábola no descubrió que era fácil orar hasta que un amigo le ayudó un poco. "¡Señor, enséñanos a orar!", le dijeron a Jesús un día los Apóstoles… ¡Y les enseñó el Padrenuestro!



A nosotros nos pasa lo mismo, y muchas veces sentimos ganas de decírselo: ¡Jesús, enséñanos a orar! Y es que, aquí como en todo, comenzar es fácil, pero para orar con fruto y perseverancia es necesario aprender. Necesitamos que otros nos transmitan su experiencia para que se nos haga más fácil nuestro propio caminar.



Con nuestra buena voluntad y la ayuda de los demás, especialmente de la Iglesia, de la Sagrada Escritura y de los Santos, todos podemos llegar a que se haga realidad en nuestra vida el deseo de Jesús, de que “es preciso orar siempre sin desfallecer” (Lc. 18, 1).