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martes, 22 de abril de 2014

Día de la Tierra



La madre tierra, nuestro planeta, es tan pródiga que constantemente nos premia con un sinfín de impresiones seductoras, amándonos unilateralmente y no nos pide nada a cambio.

Deberíamos corresponder a ese amor utilizándola debidamente, pues al lesionarla ponemos en peligro nuestra propia existencia. Hoy, en el Día de la Tierra correspondo a esa pasión al extasiarme de algunas percepciones con las que ella gentilmente nos regala y se las comparto:
La saeta transformada en ave cuando surca los aires en majestuoso vuelo; la gracia titiritesca de las mariposas disfrazadas de arcoíris jugando a la cuerda con sus amigas las flores.

El espectáculo danzante de las cristalinas gotas de lluvia al caer en la tierra ávida de sus néctares; el casi imperceptible movimiento de las nubes peregrinas que descansan adormecidas en las altas cordilleras.

El delicioso trinar de los pajaritos llamando a celebrar la aurora; la discusión temprana de las guacharacas Dios sabe porqué motivos; la magnificencia relajante y espiritual del mar, que susurra oraciones al romper sus olas en la orilla.

El sensual contoneo de la crestada palma, que verde de la emoción se deja abrazar del viento que la excita al envolverla de caricias con su tenue brisa; el candor gratificante del sol mañanero en la ebúrnea arena de la playa.

Cuando el aguacero disfruta el bañar la montaña y en agradecimiento esta última se viste de infinitos tonos de esperanza; la adolescencia de los árboles cada vez que florecen y nos obsequian con las exquisitez de sus delicados aromas.

El murmullo del arroyo al conversar secretamente con las redondeadas rocas de su lecho; el enorme alboroto de las guacamayas solteras porque ningún macho quiere ser infiel.


La regocijante tranquilidad del campo que eleva nuestra alma al mismísimo cielo donde en la noche serena las estrellas flirtean con los cocuyos y nos regalan su luz parpadeante y tibia.

El ocaso del astro rey en lontananza pincelando exóticos lienzos rojizos en la seda del paisaje cerúleo; el agradable ósculo del céfiro en nuestras mejillas desnudas en una tarde fría tornándolas rosa de la pena de imaginarnos descubiertos.

© Hernán Antonio Núñez