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jueves, 4 de julio de 2013

La luz


La luz se desplaza a 300.000 Km/s, una velocidad tan elevada que la luz necesita poco más de 8 minutos en llegar desde el sol hasta nosotros, aquí en la tierra. En un segundo, la luz podría dar siete vueltas y media a la Tierra dejando en ridículo al vehículo más veloz que ha creado el hombre, el transbordador espacial, que puede alcanzar los 27.875 km/h en su regreso a la Tierra.



¿Saben ustedes que hay estrellas que ya no están, es decir, que en este justo momento que lees estas humildes líneas, ya no existen por haberse extinguido su fuego… pero por lo vasto de su distancia aun continúa llegándonos sus rayos lumínicos?



Hay personas que son como esas estrellas, astros rutilantes que resplandecen en la oscuridad, alumbrando nuestra imaginación, nuestras esperanzas, nuestra fe… nacieron para iluminar, aun después de no estar. Así como la luz son esos seres iridiscentes, ¡tal cual!





Sólo hay Uno que está inclusive por encima, con mucho, de la claridad del sol, El que alimenta toda luz, Él es la fuente de toda energía, es el principio y el fin, es el Todo y cada cosa que existe, de hecho sin Él no hay lumbre posible…



Otros somos como efímeros meteoros que al entrar a la atmósfera nos encendemos y quizá alguien logre verlo en las penumbras y sus sombras se desvanecen brevemente, adquiriendo algo de fulgor, momentáneas estrellas fugaces, pero con capacidad de guiar hasta a sabios y reyes en algún momento crucial de alcanzar su objetivo, como el localizar al más grande de todos los reyes, al hijo de la Fuente Eterna de La Luminiscencia.






También podemos ser un diminuto lucero andante que centellea ocasionalmente en su cercanía a los mundos habitados por seres que dependen de la luz y justo en ese momento, logramos ser fuente de inspiración y cumplir sus anhelos… sus deseos, sin llegar a ser tan esplendorosos, sin siquiera tener luz propia.




Y no es por nuestra propia gracia… no tenemos tal potestad, ni siquiera tenemos poder sobre nuestro devenir o lo que irradiemos, solo somos antorchas momentáneas que han sido encendidas por La Fuente de Todo Poder para poder iluminar la penumbra y cumplir los sueños de todo aquel que lo desea desde su fuego interno, mismo que alimenta a nuestro propio resplandor, la cual no debe envanecernos, pues nos ha sido dado, no es de nosotros y mucho menos es eterno.




El haber iluminado a alguien, en algún momento, como si fuéramos carbones y leños, que alimentan la hoguera del amor y el bien, en otros que eventualmente pueden brillar en noches muy oscuras y así alumbrar a otros, forma una cadena de acontecimientos que han de ser positivos y encadenantes. Ese sólo hecho será suficiente por haber cumplido nuestro cometido en la existencia, habrá dado sentido a nuestra vida. Es la esencia del existir, el ayudar a otros a relumbrar.





Porque cuando brillamos sólo se nota porque otros ven la luminosidad, de nada vale si nuestro semejante no ve la luz, salvo que podamos estar muy cerca de su corazón y pueda entonces sentir nuestro calor, que en su interior se convertirá en luz iluminando su espíritu y poder continuar el ciclo fulgurante…





Así que, conviértete en faro! uno que pueda iluminar el itinerario del navegante que viaja a través de la niebla, procura alumbrar la senda del que no visualiza el camino debido a las tinieblas. Al encender su tea, él incrementará la luz de tu propio camino y eventualmente podrá acompañar tu oscurecida senda desierta, dando claridad a tu propia sustancia.


© Hernán Antonio Núñez