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miércoles, 14 de agosto de 2013

San Maximiliano Kolbe

El mártir de Auschwitz




Hoy la Iglesia católica celebra la conmemoración de este santo, pero conozcamos un poco más sobre su historia:
“Si no conseguían atrapar al prisionero fugado, todos sabíamos las consecuencias… matarían a diez de nuestro barracón.” Franciszek Gajowniczek, prisionero polaco Nº 5659 del campo de exterminio nazi de Auschwitz.

La noche del 30 de julio de 1941, en el último recuento del día, faltaba uno compañero del barracón de Franciszek. Sonaron todas las alarmas, los encerraron a todos y los alemanes comenzaron su búsqueda… Por un lado, nos alegrábamos de que alguien pudiese escapar de aquella condena pero, por otra lado, suponía la muerte de otros.

A la mañana siguiente, sin haber conseguido capturar al huido, nos sacaron a los 2.000 recluidos en el barracón y nos tuvieron en posición de firmes durante todo el día bajo el sol abrasador. Por la noche, el coronel de las SS Kark Fritsch volvió a pasar lista para elegir a los 10 prisioneros que, como represalia, serían ajusticiados…

Franciszek Gajowniczek estaba entre ellos. Cuando dijeron su nombre, dio un paso al frente y murmuró: “Pobre esposa mía; pobres hijos míos”.

El compañero que tenía al lado, el prisionero Nº 16.770 Maximiliano Kolbe, se adelantó y dijo: -Coronel, soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el lugar de este hombre que tiene esposa e hijos-.

Al coronel no le hizo mucha gracia pero, al fin y al cabo, qué más daba matar a uno que a otro. Para mayor tortura y que la muerte fuese lenta y agónica, los encerraron para morir de hambre… Bruno Borgowiec, un polaco que fue asignado a prestar servicio en la celda donde fueron encerrados, contó antes de morir en 1947:


Dos semanas pasaron de este modo. Uno tras otra morían, hasta que sólo quedó el padre Kolbe. Aquello se alargaba demasiado y decidieron ponerle fin: una inyección letal. Aquel sacerdote, hijo de alemán y polaca, fue, durante el tiempo que estuvo recluido, una pequeña luz de esperanza en un lugar de desesperación y muerte; igual que lo había sido para 3.000 refugiados polacos, entre los que se encontraban 2.000 judíos, cuando los escondió en un convento cerca de Varsovia tras regresar de Japón y la India donde fundó varios conventos.


El Papa Juan Pablo II saluda a Franciszek G.  en
la canonización del beato Maximiliano Kobe.
Treinta años después, cuando Franciszek Gajowniczek asistió a la beatificación de Maximiliano Kolbe, pronunció estas palabras: 

Sólo pude darle las gracias con la mirada. Yo estaba aturdido y no podía comprender lo que estaba pasando: Yo, el condenado, sigo viviendo y otra persona, voluntariamente, ofreció su vida por mí. ¿Es esto un sueño? [...] no tuve tiempo de decirle nada a Maximiliano Kolbe. Me salvé y se lo debo a él. La noticia se extendió rápidamente por todo el campamento. Fue la primera y la última vez que un incidente sucedido en toda la historia de Auschwitz.
 Durante mucho tiempo sentí remordimiento al pensar en Maximiliano por permitir que me salvase firmando su sentencia de muerte. Pero ahora, al reflexionar, comprendí que un hombre como él no podía hacer otra cosa. Tal vez pensó que como sacerdote su lugar estaba al lado de los condenados para ayudarles a mantener la esperanza [...]

En 1973 Paulo VI lo beatifica y El 10 de octubre de 1982 Juan Pablo II lo canonizó como Mártir de la Caridad. Gajowniczek, por quien dio su vida, pudo asistir a la beatificación y canonización de San Maximiliano. El sargento polaco falleció en 1995, a los 94 años de edad.
Autor: Javier Sanz
Edición: Hernán A. Núñez
Fuentes: Auschwitz, Aciprensa, Antología de muertes apacibles – Javier López Facal