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sábado, 15 de junio de 2013

Canto a Güiripa


La maravillosa naturaleza te abstrae,
te mueve de la modernidad que se cae,
te saca del vulgar y mundanal ruido,
la brisa te acaricia y susurra al oído.


Te invita a dialogar con tu conciencia,
es algo que no se logra con la ciencia,
forma idónea, especial para la oración,
momento especial para la contemplación.


Se aprecia la exquisita belleza de la creación,
el espíritu se eleva con mayor afirmación,
la magnanimidad y grandeza del Señor,
el trino de los pájaros y canto del ruiseñor.


Con la luz y la fría brisa de la alborada
el cantío del gallo da a la noche retirada,
el bramar del toro y el mugir de las vacas
genera una discusión en las guacharacas.


Un precioso arroyo que nace de un jagüey
donde abreva el campesino junto a su buey
se preparan a la jornada y se dirigen al conuco
que queda cerca, luego del palo de camoruco.


El aromático y dulce café colado por la campesina,
una enorme arepa con mantequilla, queso y cecina,
lleva el varón en una cesta tapada con fino delantal
juntos, hombre y bestia caminan sobre el manantial.




El dulce apapelonado,  fuerte y estimulante
mantiene incólume las fuerzas del caminante,
al paladar de la sabrosona sazón femenina
degusta con fruición sentado bajo la encina.


El bello paisaje adornado con cayenas escarlata,
diluyen la aspereza de la trocha en las alpargatas
la transparente ternura de sus riachuelos,
hacen más fresca la sombra de los abetos.


La majestad interminable de la lluvia,
que en ocasiones parece que diluvia,
el consuelo de los árboles y las flores,
que absorben del aire los hervores.


Con el beso de las abejas y mariposas,
se sonrojan la fruta, el clavel y las rosas,
el encuentro efímero con el agüaitacamino,
que en las tardes acompaña a su destino.


Se ven en esta montaña todos los tonos de verde,
en lontananza el tenue sol tras el cerro se pierde,
llegando las sombras abrazando al bello paisaje
para que los cocuyos a los noctámbulos agasaje.

© Hernán Antonio Núñez