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lunes, 3 de junio de 2013

Palabras a un padre ausente

Lo que no le dije a mi papá



Mi papá, supongo, debe haber muerto hace algunos años, honestamente no lo sé; él se fue de nuestra casa porque mi mamá se lo pidió al enterarse que era casado con otra mujer y tenía una doble vida. Partió de la casa cuando yo tenía 4 años, lo hizo a pesar de que no teníamos ni qué comer. 



De él sólo recuerdo dos cosas: una vez que me iba a pegar por algo que yo había hecho mal, (creo que a esa edad no debía estar sólo en la puerta de la calle) y la última y más agradable fue cuando me regaló un caramelo en forma de bastón como los que salen en las comiquitas gringas (seguramente esa era su forma de decirme que me amaba).


Era policía y gocho, nunca me abrazó porque (decía mi mamá que) según él, los hombres no se demuestran ternura. ¡Al buen estilo gomecista! No jugó conmigo ni con mis hermanos, eso es asunto de las mamás.



Realmente no sabía nada de mí, pero cuando yo cometía un error era implacable conmigo. Nos contaba mi mamá que él trabajaba para su familia y por eso no le veíamos a menudo (a lo mejor era cierto, pero quizá era para su “otra” familia), obviamente en la práctica nosotros no éramos la primera de sus prioridades. Durante muchos años lo resentí. Marqué con ese rencor todos mis anhelos e hice más frustrantes mis desilusiones.



Me casé con una mujer maravillosa y me prometí que no iba a ser como él. Pensaba que ser buen padre era tratar bien a los míos, darles lo mejor que pudiera y estar con ellos cuando me necesitaran. Aunque esa falta de figura paterna me hizo pensar equivocadamente o quizá querer educar muy férreamente a mis hijos, dejando de un lado la ternura.


Un día le pregunté a mi esposa porqué mis hijos no me hacían caso a mí, sino a ella, a mí sólo me tenían miedo. Quería saber por qué los niños no se sentían a sus anchas ni disfrutaban estando conmigo. -¿Sabes?- me respondió. -Cuando estás con ellos lo haces más por tu responsabilidad y no porque sea tu privilegio-.

-Tus hijos van a disfrutar de ti sólo cuando tú disfrutes con ellos- me dijo... Me di cuenta que era tal mi resentimiento y mi deseo de ser diferente a mí progenitor que realmente me parecía a él.




Mi padre no estaba en la casa por mujeriego e irresponsable y yo me ausentaba por ser responsable. Él era lejano porque los niños eran cosa de mujeres y yo me distanciaba por ser demasiado estricto, pensando que los educaba correctamente.


Comencé a ponerme al nivel de los niños y descubrí lo maravilloso de pasar más tiempo con mis hijos, jugar con ellos, a integrarme a su vida, a tratar de entenderlos... Dejé de intentar que ellos fueran como yo esperaba, empecé a apreciar más lo que ellos eran.


Me permití inspirarme con su alegría y espontaneidad. Caí en cuenta de que yo podía crecer con ellos. Ya no me esforzaba tanto por ser el adulto que lo sabía todo, más bien me inclinaba a ser la persona que quiere enseñar, pero también que está dispuesta a aprender.



Que no sólo sabe dar, sino también recibir. Esto no ha sido fácil. Aún me descubro autoritario, lejano, rígido, impulsivo. Entonces recuerdo que eso no es lo que soy en esencia y me abro de nuevo al regalo de la vida, de los míos, de mi esposa y de mis hijos.

Hoy, doy gracias infinitas a Dios y celebro mi oportunidad de ser padre, disfruto los abrazos de mis hijos y nietos (y bisnietos), los ejércitos de enanos y gigantes que crean caos de fantasía, que rompen nuestros esquemas a punta de sonrisas y complicidades.



La infancia de mi padre seguramente fue más dura que la mía. Le enseñaron que la vida era una carga. Él, para su padre quizá fue también una carga. Seguramente no conoció la ternura ni el apoyo, nadie le hizo ver que era valioso y quizá él tampoco aprendió a sentirse orgulloso de sí mismo.

"Papá..., antes de que te fueras me  hubiera gustado decirte que, para mí (al igual que para ti), ser un niño no fue fácil, pero seguramente será más difícil ser adulto si encadeno mi vida y la de los míos a los rencores y a los espectros del pasado.


Quiero perdonarte, darte la libertad en mi corazón de ser un buen padre, reconocer que a tu manera hiciste lo mejor que pudiste con tu vida. Sé que sentiste el dolor de tus propios errores. No me será fácil convertir en ángeles mis fantasmas, pero abriré con determinación las puertas de la aceptación y la gratitud.

Padre, me siento orgulloso de ti, porque sin ti yo no hubiera existido ni sería lo que soy, porque tu vida me ayudó a encontrar mi camino, tu dolor me ayudó a sobrellevar el mío, tus cualidades florecen en mí y aprecio como un tesoro haberlas heredado de ti. 

Hoy, si estás vivo, te invito a que te reconcilies con tu pasado, a que valores lo bueno en tu vida, a que agradezcas a quienes han aportado a lo que eres ahora. Si ya estás muerto, elevo al Altísimo una oración por tu alma para que perdone tus pecados y te conserve en el Paraíso y así poder conocerte aunque sea en la otra Vida". 

© Hernán Antonio Núñez

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