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jueves, 27 de junio de 2013

Una buena lección




Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo con un profesor joven, a quien los alumnos consideraban su amigo debido a su gran bondad, sobre todo, para quienes seguían sus instrucciones.



Mientras caminaban, vieron en el camino un par de zapatos viejos y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo de al lado y que estaba por terminar sus labores diarias. El alumno le dijo al profesor: “Hagámosle una broma; escondamos los zapatos y ocultémonos detrás de esos arbustos para ver su cara cuando no los encuentre”.



-Mi querido amigo- le dijo el profesor, -nunca debemos divertirnos a expensas de los pobres o desamparados. Tú, sin ser rico, tienes mayores posibilidades económicas que ese hombre y puedes darle una alegría, si lo deseas. Te propongo lo siguiente, coloca una moneda en cada zapato y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre-.




Eso hizo el estudiante y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos. El hombre pobre, terminó sus tareas, y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo. Al ponerse el abrigo deslizó el pie en el zapato, pero al sentir algo adentro, revisó para ver qué era y  encontró la moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado.  Miró la moneda, le dio vuelta y la volvió a mirar.



Luego miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie.  La guardó en el bolsillo y se puso el otro zapato; su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda. Sus sentimientos lo sobrecogieron; cayó de rodillas y levantó la vista al cielo pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta, hablando de su esposa enferma y sin ayuda y de sus hijos que no tenían pan y que debido a una mano angelical no morirían ese día de hambre.


El estudiante quedó profundamente afectado y se le llenaron los ojos de lágrimas. -Ahora- dijo el profesor -¿no estás más complacido que si le hubieses hecho una broma?-


El joven respondió: Tú, mi querido profesor, me has enseñado una lección que jamás olvidaré.  Ahora entiendo algo que antes no entendía: ¡es mejor dar que recibir!