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martes, 7 de mayo de 2013

Cuento de Navidad del señor Ramón Segura

El Caimán de Sanare me recuerda
mucho al señor Ramón Segura


En mi barrio de Cotiza, en San José, cuando apenas yo era pequeño, había un señor de nombre Ramón y para mas señas firmaba Segura, él vendía ollas, pailas, vasenillas, poncheras y demás enseres para el hogar. Este gran señor siempre de sombrero de cogollo, de aspecto bonachón y muy simpático, gustaba de echar cuentos o chistes en cada casa donde hacía una venta, por pequeña que esta fuera.



Aun recuerdo como si fuera ayer, aunque tenía 8 años, en una oportunidad que mi mamá le compró un colador de metal y mi madrina le pidió una vasenilla de peltre. Él, en retribución por la compra, pidió permiso para contarnos una historia, jaló una banqueta para sentarse y acomodándose encima comenzó a narrar en una voz grave y pausada que lo caracterizaba.



“Hace ya algún tiempo, en unas navidades, cuando aun Cotiza tenía poca gente, que había una urbanización con casas muy hermosas con lindos jardines, grandes patios y múltiples habitaciones, al estilo europeo, que quedaba al lado de nuestro barrio mayormente conformado por ranchos y algunas casitas modestas, sólo los separaba una quebrada que bajaba por la Forestal, en ese tiempo era tan limpia que hasta los muchachos se bañaban en ella.




Era la noche del 24 de diciembre en la urbanización de San Bernardino. Por la calle no se veía a nadie en las calles, todos se encontraban dentro de sus lindas casas y apartamentos lujosos, porque se disponían a disfrutar la cena de Navidad.



En casa de una familia adinerada estaban a punto de empezar con la cena navideña. La madre preparaba la vajilla, pues esa noche la sirvienta estaba libre. Junto a la mesa había tres niños agachados jugando cerca un hermoso nacimiento.



-¡Mamá! –gritó Maribeth, la pequeña consentida de la casa, que tenía siete años- ¡Mira qué lindo es el Niño Jesús! Nos lo trajo mi padrino de Inglaterra esta mañana. Tiene la carita dorada.


-Sí, hija, pero no me distraigas ahora. Estoy muy ocupada poniendo la mesa y misia María no está para ayudarme. ¿Por qué no le cantan aguinaldos al Niño Jesús?



Los tres empezaron a cantar una canción de Los Tucusitos – 'Oh luna que brilla en diciembre, se oye rumor de un cañonazo, oh luna que brilla en diciembre, se oye el rumor de un cañonazo. Esta parranda querida, viene a darte un feliz año. Esta parranda querida viene a darte un feliz año'.-


El padre sentado solitario en un sillón de la gran sala, apurando su pipa y con un vaso de un buen whisky escoses, mayor de edad, los contemplaba absorto pero sin ver que hacían. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Los niños dejaron de cantar y la señora, muy encopetada ella, fue a abrir con un gesto de malhumor.


-¡Cónchale! ¿Quién será a estas horas? ¡Es que no le dejan a uno vivir en paz, ni porque vivimos en esta urbanización!-


En el umbral de la puerta se delineaba una pequeña figura. Era Eduardito, un niño de once años, que la familia conocía vagamente por ser pariente de la sirvienta de la casa. Tenía la cara pálida a causa del frío, pues sólo tenía una franelita limpia aunque muy derruida y afuera había mucha neblina. Su mirada suplicante, lastimosa, triste, no tenía nada que ver con la fiesta que se celebraba esa noche en la mansión. No hace falta decir que Eduardito vivía en una de los ranchos de este lado de la quebrada, en el barrio de Cotiza.


-Buenas noches, señora–... saludó el pilluelo con voz temblorosa.

-¿Se puede saber qué desea Ud., a estas horas? –preguntó ella, sin contestar el saludo del niño.

-Es que… verá usted. Mi madre está muy enferma, y no tenemos nada para cenar esta noche. Mis hermanos pequeños están llorando y mi madre me ha dicho que viniera a una de estas lindas casas, porque como ustedes tienen bastantes cosas y comida…-


-¡Y claro! interrumpió la doña -Como somos muy buenas personas te daríamos cena para todos ¿verdad?– le increpó la señora, cada vez en un tono más hostil.


-Sí, señora…- contestó el chico con mucha vergüenza.


Mientras oía esta conversación, Maribeth jugueteaba con la figura del Niño Jesús que tanto le gustaba. Su madre siguió reprendiendo al pequeño Eduardito que tiritaba por el frio que había en la calle: -¿Y a tu madre no le da vergüenza mandar a molestar a las familias honradas, como nosotros? ¿Es que tu padre no se puede ganar la comida como hace todo el mundo?

-Señora, mi padre se fue de mi casa y nos abandonó hace ya algún tiempo.

-¿Y qué? ¿Acaso es nuestra culpa eso? -¡Claro, hasta ladrón debe ser y a lo mejor está preso!

-¡Mi padre no es ningún malandro!– Se quejó el chico visiblemente afectado -¡Eso es mentira!

-¡Ah! ¿Encima me vas a gritar? ¡Fuera de aquí! Son una familia de ladrones… Tu padre igual que tu madre.-

-¡No es verdad!- dijo el niño sin poder contener ya el llanto que lo agobiaba y bajó la cabeza. Su rostro reflejaba dolor, vergüenza y rabia a la vez. Cuando la volvió a levantar, le habían cerrado la puerta en la cara. Estuvo así uno segundos, ...estupefacto! Luego comenzó a bajar lentamente las escaleras.


Afuera seguía la bruma se hacía cada vez más fuerte. El frío era muy intenso. Pero Eduardito casi no lo notaba. Su mente infantil estaba llena de pensamientos tristes. Pensaba en su madre enferma, en sus hermanos pequeños, en su padre ausente… Iba a cruzar la avenida, pero no veía nada, por la niebla y porque tenía los ojos anegados de lágrimas.




Mientras en el majestuoso comedor, la opulenta familia ya estaba cenando. La pequeña Maribeth dijo: -Mamá, creo que te has comportado mal con ese niño, que sólo tenía hambre y nosotros tenemos de sobra-.

-No pienses en eso Maribeth. Son personas malas, que además de vivir mal vienen a molestar a la gente honrada. Tú tranquila hija, cena y no te preocupes por los demás.-

La niña siguió cenando, pero no quedó muy convencida. En ese instante, se oyó un frenazo en la calle seguido de un golpe seco. El padre salió de sí y comentó: -Esos borrachos… ¡Hasta en Nochebuena corren como locos!

Tras ese comentario la cena siguió con normalidad. Después comieron, vieron la televisión… A la hora de acostarse, la niña fue a despedirse de “su” Niño Jesús, pero…

-¡Mamá! ¡Papá! ¡El Niño Jesús no está…! ¡Y su cunita está manchada de sangre! Todos rodearon el nacimiento. Lo que la niña había dicho era verdad, y no tenían ni remota idea de qué había ocurrido. Quizá lo habrían podido entender si siquiera se hubieran asomado a la terraza. Se hubieran podido dar cuenta que sobre la calle yacía el cuerpo inerte de un niño de 11 años que se llamaba Eduardito. Había cruzado sin mirar y un carro, que se dio a la fuga, lo había arrollado.




Ese año, del nacimiento de Jesús a su muerte en el calvario habían transcurrido sólo unos segundos. Es así, porque cuentan los vecinos que lo recogieron, que junto a su cuerpo encontraron la figura de un Niño Jesús ensangrentada.






Mientras tanto en el Cielo, coros de ángeles y serafines cantaban aguinaldos en honor del niño Eduardito, que radiante, hacia su entrada de la mano del otro Niño, el hijo de Dios, quien lo había ido a buscar personalmente y lo había tranquilizado porque su familia ya no pasaría más trabajo.




El padre había regresado al seno familiar y le había pedido perdón a la mamá de Eduardito por haberse ido del hogar al Callao, a probar suerte buscando oro, a instancias de un hermano que trabajaba la minería; regresando con muchos bienes y dinero con los que acomodó a su familia y les hizo muchos regalos a todos sus hermanos, pero con la tristeza de no haber encontrado a su hijo mayor".

...Pero dejemos de hablar de tristezas, de barrios, de urbanizaciones, de la avenida, de la quebrada, de Eduardito, de Maribeth, de familias ricas o pobres, de hogares incompletos porque el padre no está y cuando está es un mueble más de la casa, porque todo esto no es nada más que un cuento, ¿verdad?

¿O quizás es algo más que un cuento de Navidad y todos los años el Niño Jesús muere en chicos como Eduardito y otros tantos niños de la calle, que deambulan sin rumbo fijo, sin una guía espiritual, porque han tenido que lanzarse a la calle en la búsqueda de un sustento y pierden su inocencia tratando de ser hombres antes de tiempo…?

Y el sabio humilde, el vendedor itinerante, el amable y recordado señor Ramón, haciendo ademán de pararse, apuró el trago de café que le había ofrecido mi mamá; hombre de sombrero de cogollo, pantalón de kaki, su camisa sudada  y alpargatas, se acomodó sus macundales y siguió con su pregón por el barrio: “Lleeeeeeeevo las pailas, las oooollas, las poncheraaaas, las vasenillaaaaas!

© Hernán Antonio Núñez