Vistas a la página totales

miércoles, 1 de mayo de 2013

La soledad del anciano



Allí estaba, sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda; calva pronunciada, mirada penetrante, rostro bonachón, barbiblanco, manos arrugadas sosteniendo un viejo bastón de madera; pantalones que arremangados dejaban libres sus pantorrillas y una camisa gris gastada, con un paltó oscuro y curtido como él.

El anciano miraba a la nada, lloraba... y en una única lágrima expresó tanto que me fue muy difícil acercarme, a preguntarle, siquiera a consolarlo. Por el frente de su casa pasé mirándolo, al voltear su mirada la fijó en mí, le sonreí, lo saludé con un gesto, aunque no crucé la calle..., no me animé, realmente no tuve el valor, no lo conocía y si bien entendí que en la mirada de aquella lágrima se mostraba una gran necesidad, no obstante, seguí mi camino, sin convencerme de estar haciendo lo correcto. En el camino llevaba su imagen tatuada en mi pensamiento, persistía su mirada encontrándose con la mía. Traté de olvidarlo, no me fue posible...

Caminé rápido, como escapándome. Compré un libro y cuando llegué a mi casa, comencé a leerlo esperando que el tiempo borrara esa presencia... pero esa lágrima no se borraba... Los viejos no lloran así, por nada, pensé. Esa noche me costó dormir, la conciencia no entiende de horarios, decidí que a la mañana volvería a su casa y ahí sí, conversaría con él, tal como había entendido que me lo pedía en su mirar.

Luego de vencer mi pena, logré dormir. Recuerdo haber preparado un poco de café, compré galletas y muy deprisa fui a su casa convencido de tener mucho por conversar. Llamé a la puerta, cedieron las rechinantes bisagras y salió otro hombre. ¿Qué desea? preguntó, mirándome con un gesto adusto. -Busco al anciano que vive en esta casa-, contesté. 'Mi padre murió ayer por la tarde! dijo entre lágrimas. -¡Murió!- dije, primero asombrado y luego decepcionado.

Las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron. ¿Usted quién es? volvió a preguntar. -En realidad, nadie-, contesté y agregué. -Ayer pasé por la puerta de su casa, y estaba su padre sentado, vi que lloraba y a pesar de que lo saludé, no me detuve a preguntarle nada, pero hoy volví para hablar con él, pero veo que ya es muy tarde-. 'No me lo va a creer' me dijo el hijo del viejo, 'pero usted es la persona de quien él hablaba en su diario'.

Extrañado por lo que me decía, lo miré pidiéndole más explicación. 'Por favor, pase'. Me dijo aún sin contestarme. Luego de servir un poco de café me llevó hasta donde estaba su diario y la última hoja rezaba: "Hoy me regalaron una sonrisa plena y un saludo amable, cómo me hubiese gustado charlar con esa persona... ¡hoy es un día bello!". Dios! Tuve que sentarme... Me dolió el alma de solo pensar lo importante que hubiera sido para ese abuelo que yo cruzara aquella calle.

Me levanté lentamente y al mirar al hombre le dije: -Si hubiera cruzado la vereda y hubiera conversado unos instantes con su padre-... Pero me interrumpió, con los ojos humedecidos de llanto dijo 'Si, si yo hubiera venido a visitarlo al menos una vez en este último año, quizá su saludo y su sonrisa no hubieran significado tanto'...

Si hubiera... si hubiera... si hubiera... ¿Cuántas veces esas dos palabras han estado presentes en nuestra mente? Tomemos de una vez, la decisión de aprovechar cada oportunidad para amar, compartir y edificar a otros, ¡hoy, ahora! ...¡Mañana puede ser muy tarde!

"Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado." Jn. 15, 12