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martes, 14 de mayo de 2013

Mi sueño

Hace mucho tiempo atrás, en la última mitad de la segunda década de mi vida, siempre tenía un sueño recurrente, donde irremediablemente caía de un enorme edificio de un hospital, el el cual estaba de visita y cuando ya estaba próximo a caer, me despertaba sobresaltado, sentado en mi cama, sudoroso, con el corazón queriéndose salir por la boca.

Era una sensación horrible, me producía un miedo atroz y nunca se lo conté a nadie, eso afectaba mi figura de hombre fuerte, altivo, sin miedo a nada… No sabía como enfrentar ese terrible escenario de fantasía. Yo mismo debía poner coto a esa situación, no acostumbraba a que las cosas se escaparan de mi control.

Un buen día, me detuve a pensar en esa pesadilla que se repetía y repetía, todo estaba en mi mente, allí mismo entré a resolver ese problema que me perturbaba. Comenzaron las estrategias, mi corazón me guiaba y me dijo a mi mismo que era solo producto de mi imaginación, le respondí que ya lo sabía y aun así me molestaba.


Una tarde de Mayo, camino a mi casa, con el sol en mi espalda, y por el envés ensombrecido de mi cuerpo cubriendo un corazón pleno de ilusiones trataba con empeño de regularizar mi vida, sin esa sombra tenebrosa que me asaltaba sin piedad por las noches, dejándome hecho un guiñapo emocional.

Esa tarde vi en un calendario, era Mayo, el mes de la Virgen María y se me prendió una luz en la oscuridad mental en la cual estaba inmerso. Listo! Pediría ayuda divina y le rogué a la Madre de Dios que me ayudara a terminar ese tormento de incertidumbre, de no saber que seguía a esa ingrávida caída que me alucinaba en las sombras y se me antojaba interminable.

De seguida, se me ocurrió que justo en ese momento, mientras estaba despierto podría programar mi mente para acabar con esa pesadilla y así fue como tomé la decisión de no despertarme durante mi alucinante caída onírica. ¡Eso haría, estaba dicho! Yo creo que mi corazón estaba contento, aunque un poco en suspenso a que llegara la noche y con ella los sueños.

No sin cierto sobresalto pensaba que esa noche no me agarraría de sorpresa, ¡no señor! tenía un as en la manga, estaba preparado. Luego de un Padre Nuestro y un Ave María, casi sin darme cuenta, me encontré en los predios de Morfeo, allí vi una cama al aire libre, como en un pequeño claro del bosque cuyos árboles pintaban infinitos tonos de verdiamarillos con ocres apastelados, en ese aletargamiento mágico me dio sueño y quedé sumido en un segundo sueño (incluido en el primero).

Fue entonces que tuvo lugar la recurrencia espantosa, etérea, y otra vez fui expelido al vacío... a mi enemigo, ¡la pavorosa caida!... pero extrañamente esta vez no tenía tanto desasosiego como antes, esta vez recordé en ese sueño dentro de mi sueño que había hecho un pacto con una mujer de extraordinaria hermosura y ojos aun más bellos y aunque no me había dicho nada, la luz de su sonrisa con unos dientes infinitamente blancos así lo certificaban.

Más tranquilo iba cayendo y mi corazón se aceleraba ante el inminente impacto, sin embargo no intenté como en otras oportunidades de despertarme y seguí en caída libre, hasta que “cataplunquete” me pegué el mayor golpe de mi vida… mejor sería decir, el mayor golpe de mis sueños. No sentía dolor alguno, pero extrañamente sabía que no estaba muerto aunque si estaba en el piso, inerte; me desperté de mi sueño más profundo y esta vez estaba en un mullido césped a los pies de la cama en el bosque.

En este sueño inicial tenía todos mis sentidos agudizados y podía escuchar como un gran director de orquesta guiaba la melodía de la naturaleza, los gorjeos y trinos de las aves junto a las flautas de los juncos y bambúes alrededor del lago, las acompasadas y rítmicas olas del agua prodigaban la percusión de la serenata y los rayos del sol hacían piruetas maravillosas entre las danzarinas hojas de los pinos, eucaliptos y demás árboles,  bailando movidas por la brisa que fungía de coreógrafa.

En ese éxtasis natural subí a la suave cama que estaba revestida de una fina tela de seda azul como el cielo mismo y descansé como jamás lo había hecho, placentera y exquisitamente, hasta que el despertador madrugador me sacó también de ese sueño placentero y al despertar y sentarme en mi verdadera cama quedé de frente a un cuadro de la Virgen María, que al prender la luz, vi que su capa era idéntica a la sabana que cubría la cama del sueño y reconocí esa sonrisa sobrenaturalmente hermosa, podría asegurar que me guiñó un ojo cómplice.

Después de eso, nunca más volví a tener ese horrible sueño y hasta soñaba que tenía poderes sobre la gravedad y podía volar a voluntad, disfrutando de la naturaleza en todo su esplendor...


© Hernán Antonio Núñez