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domingo, 5 de mayo de 2013

Navidades caraqueñas

Cómo añoro las navidades caraqueñas de mi niñez, algo lejanas en el tiempo, es verdad,  pero sin duda alguna, muy cerquita en mi mente.

En mi infancia, se me hacía muy largo el esperar la Navidad, era increíble cuan largo se hacía, me parecía interminable… Y cuando llegaba, nuestro espíritu se transformaba, parecía como esos cuentos que me contaba mi madrina Ramona.


En todo ese tiempo decembrino, que, por cierto, hacía mucho pacheco (frio), se escuchaban en la radio muchos aguinaldos y villancicos en honor al Niño Jesús, todavía resuena en mi mente la frase del aguinaldo Un feliz año pa' ti "Oh luna que brilla en Diciembre", que cantaban los Tucusitos, tal vez ya habían gaitas, pero realmente no me di cuenta de ellas, sino hasta que fui adolescente.


Como olvidar esos momentos en que íbamos a comprar los estrenos: una camisita, unos pantalones (generalmente unos jeans) y por supuesto unos zapatos y medias, casi siempre nos dirigíamos a las torres del Silencio, donde estaban las tiendas para caballeros y niños (no existían los centros comerciales de ahora, el único que estaba era el centro comercial Chacaito), si había tiendas por departamentos como: Sears de Bello Monte, VAM en la av. Andrés Bello y Korda Modas en el centro de Caracas, esta última aun existe!


Recuerdo aquellas navidades, sin arbolito pero con un nacimiento muy pobre (como debe haber sido el verdadero), eso sí, lo hacíamos con mucho amor y entre todos, así se estilaba en casa.




Nunca hubo pavo a las 12 de la noche, pero a veces había pollo horneado, otras hasta había pernil de cochino, la infaltable ensalada de gallina y las hallacas que hacíamos en familia (a mí siempre me ponían a amarrarlas), y si quedaba un poquito de guiso, me lo daban y me lo comía con arepas, ¡me sabía a gloria! Ah, y el dulce de lechoza, ni se diga! 

Mis hermanos y yo, nunca esperábamos grandes regalos, sólo algún que otro juguetico, a pilas o no, que nos iluminara los ojos, pero sobre todo el corazón. Era todo lo que la economía de mi mamá y mi madrina podía comprar, pero siempre fue suficiente para nosotros.



A mi papá no lo veíamos ni de regalo. Sin embargo aquellos humildes obsequios asombraban la inocencia del ayer, los muchachos de mi época, nos contentábamos realmente con muy poco. A veces juntábamos dinero para comprar luces de bengala, saltapericos, silbadores y a veces traqui-traquis (petardos). ¡Esto lo hacíamos escondido de nuestras mamás y adultos! (Sin contarle de los martillitos y los tumbaranchos, pshhhhhhhhht).



Una estrella encendida en nuestras manos antes de sonar el cañonazo (a las 12 de la noche), un emocionado: "¡ya nació el niño Jesús!", la expectativa de mis hermanos, la alegría en los ojos de mamá, de mi madrina... ¿Acaso, era necesario pedir más? 


Nosotros, de niños, nunca esperábamos la medianoche despiertos o en casa, la tradición era que nos fuéramos a la Iglesia de San José, la Parroquia, a la misa de 12, donde el sacerdote nos explicaba en la Eucaristía el verdadero significado de la Navidad, “con la promesa de mi mamá de que al llegar a casa veríamos lo que el Niño Dios nos había traído". 


Así, rápido no íbamos a dormir, pensando en mundos mágicos como en los cuentos de hadas y príncipes, preciosas maravillas de las que sólo pueden imaginar los niños en Nochebuena. Al amanecer, con el cantío del gallo, ni bien nos revolvíamos en nuestras camas con el clarear del día... y ¡oh sorpresa, si era verdad! el Divino Niño había llegado hasta nuestro hogar y nos había dejado juguetes bajo la cama...y además ¡envueltos en papel de regalo!


En una oportunidad que pasaba las navidades en Guacara, cerca de Valencia, en casa de mi tía Hilaria, me desperté y automáticamente miré bajo la cama… no vi ningún juguete, …¡Oh dolor! mi corazón se puso chiquitico y mi cara reflejaba mi tristeza a leguas; en eso, el esposo de mi prima, Goyo, me dijo: -revisa bien, a lo mejor, dentro de los zapatos– y efectivamente, como por arte de magia, conseguí 1 bolívar dentro de uno de de ellos, mi rostro volvió a resplandecer y la vida retomó su lugar dentro de mí.


Con ese bolívar y más contento que el ratoncito Pérez con su centavito, se me ocurrió la idea de comprar caramelos (en ese tiempo daban 100 caramelos por un bolívar) mas cinco de ñapa que me regalo el catire de la bodeguita y una bolsa plástica grande de colores que me conseguí e hice una superpiñata, que colgamos en una mata de guayaba en el patio de la casa de “La Chica”, una vecina,  y con el jolgorio de sus hijos y el resto de muchachos de la cuadra, tuve otra navidad inolvidable.




Como no recordar esas emociones, como no evocar esos olores a pernil de cochino horneado, a las sabrosísimas hallacas, a la riquísima ensalada de gallina, al dulce de lechosa, a la chicha andina, Ah mundo! Cómo olvidar el olor a saltaperico y traquitraqui, o aquel sonido mágico del juguete dentro de aquel papel multicolor!



Recuerdo las navidades de mi infancia, algo lejanas en el tiempo, si, es verdad! …pero sin duda alguna, nada lejanas en mi recuerdo. Seguro que tampoco lo son para tu corazón!!!...