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miércoles, 29 de mayo de 2013

La Esperanza

Existían millones de estrellas en el cielo. Estrellas de todos los colores: blancas, plateadas, verdes, doradas, rojas y azules. Un día inquietas, se acercaron a Dios y le dijeron: -Padre Creador, nos gustaría vivir en la tierra, entre los hombres-.  

“Así será hecho” les respondió el  Señor. “Las conservaré a todas ustedes pequeñitas, así como se ven, para que puedan bajar para la tierra”.

Se cuenta que, aquella hermosa y clara noche, hubo una fulgurante lluvia de estrellas.  Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras se fueron a jugar y se establecieron junto a los juguetes de los niños y la tierra quedó maravillosamente iluminada.

Pero con el pasar del tiempo, las estrellas decepcionadas, resolvieron abandonar a los hombres. “¿Por qué volvieron?” preguntó Dios, a medida que ellas iban llegando al cielo. -Señor, no nos fue posible permanecer más tiempo en la tierra. Allá existe mucha hipocresía, miseria y violencia, hay mucha maldad y demasiada injusticia-.

El Todopoderoso, algo triste, les dijo: “¡Claro! El lugar de ustedes es aquí en el cielo. La tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que pasa, de aquel que cae, de aquel que yerra, de aquel que muere, allí nada es perfecto.  El cielo es el lugar de la perfección, de lo inmutable, de lo eterno, donde nada perece”.

Después que llegaron todas las estrellas y verificando su número, Dios habló de nuevo: “Nos está faltando una estrella… ¿Será que se perdió en el camino?” Un ángel que estaba cerca replicó: -No Señor, es que una de las estrellas resolvió quedarse entre los hombres-.
-Ella descubrió que su lugar es exactamente donde existe la imperfección,- continuó diciendo el querube, -justo donde hay límites, donde las cosas no van bien, allí, donde hay lucha y dolor.-

“¿Cual estrella es esa?” volvió a preguntar Dios.

-Es la Esperanza Señor, la estrella verde. La única estrella de ese color-. Le dijo el espíritu celeste con alas.

Y cuando todos miraron hacia la tierra, notaron que la estrella ya no estaba sola. La tierra estaba nuevamente iluminada, ahora en el corazón de cada persona habitaba una estrella verde. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y Dios no necesita, es la esperanza.

Dios ya conoce el futuro. La esperanza es propia de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel ser que es imperfecto, de aquel que no sabe cómo será el futuro, de aquel que anhela mejorar su devenir.

Recibe querido amigo que me lees en este momento, como un regalo divino, ésta estrella en tu corazón: ¡La Esperanza!